lunes, 31 de marzo de 2008

Ya estoy aquí


Hola a todos. Ayer mismo volví de Londres y como suele ocurrir en estos casos, el tiempo ha pasado demasiado rápido. Aun me resta una semana de vacaciones y quiero aprovecharla para escribir y ponerme al día con una serie de asuntos.


Ya sabéis, todas esas pequeñas faenas para las que jamás tenemos tiempo y cuando por fin disponemos de unos días, lo que no tenemos son ganas.


Picando a continuación, encontraréis un artículo de Tobías Grumm sobre El Enviado.

Por cierto, espero recibir pronto más colaboraciones vuestras.

sábado, 22 de marzo de 2008

VINCENT de Yosu




Josué Ramos - Yosú- es un habitual de este blog. Ya participó en el Certamen de Letras para Soñar y se ha lanzado ahora con un libro de relatos -Mente y Acero- en el que tengo el honor de incluir un relato mío que me solicitó Yosu en su día. El libro está publicado en ediciones Lulú y podéis acceder al mismo a través del siguiente link.




Mientras tanto, aquí tenéis un breve relato suyo para ir abriendo boca.










VINCENT





Dio un paso atrás para ver mejor el resultado y compararlo al original, como solía hacer siempre. Cualquiera diría que el parecido era increíble, una verdadera obra de arte.
Sin embargo, al desviar la mirada a los lienzos descuidadamente apilados que había estado llenando en los últimos días, sólo sintió que este era uno más para el montón. Faltaba algo. Siempre faltaba algo. Nunca lograba percibir a la perfección la belleza de sus modelos.
Puestas de sol, verdes campos en flor, paisajes otoñales, ramos de flores…; todos estaban allí mal amontonados, nunca iguales a los originales. No podía plasmar a la perfección lo que veía, a pesar de que su vida estaba dedicada por entero a ello. Era imposible.

De repente, una nube que cruza el cielo permitió al sol ocupar su lugar sobre la casa. Los rayos iluminaron el ramo de rosas a través de la cristalera como no lo habían hecho en toda aquella tarde, con una belleza indescriptible.
El lienzo, sin embargo, carecía de vida; su mayor defecto.
Entonces, airado, apretó el pincel que sostenía en la fría mano con tanta fuerza que partió en dos pedazos. Dejó caer un trozo al suelo y fijó la vista en el otro. Lo asió con ambas manos, con la parte astillada hacia sí y, con un golpe seco, se lo hundió en el pecho.

No sintió dolor, sólo el aceite derramándose por entre sus manos y cayendo al suelo. Poco a poco, sus sistemas se fueron apagando. Tras escasos segundos se desplomó sobre el lienzo, aplastándolo contra el suelo, cayendo ambos rendidos a los pies del iluminado y vivo ramo de rosas.
Se acaba de perder una obra de arte.

A propósito de Harry Potter


Mi última columna en sedice.com me ha salido algo nostálgica y es que "mi infancia son recuerdos de los libros que leí" - que me disculpe Machado- y uno no puede evitar tomar la pluma y dejar que esos recuerdos fluyan. Espero que os guste.

P.D. Por cierto, me voy una semanita al país de Rowling, Blyton, Milne, Barry, Lewis, Tolkien... entre otros. ¡Hay que ver la cantidad de autores de lo fantástico que ha dado este terruño! Con suerte os contaré cosas de Ashdown Forest e incluiré un par de fotos. A ver si me sale bien.

domingo, 16 de marzo de 2008

Explosión de Amor


Gustavo aparte de buen escritor, ya nos deleitó con un relato finalista en el I Certamen de Letras para Soñar, cuenta con una imaginación que yo definiría como extravagante y de la que es buen ejemplo el relato corto que viene a continuación.




Explosión de Amor
Gustavo A. Rives





Ella es diferente. Por eso me he fijado. El dorado de su piel me hace temblar. Somos decenas aquí y aún así no la pierdo de vista, como si estuviéramos sólos los dos. Algo me tiene conectado a ella. El brillo de su silueta, la dulzura de su contorno, la belleza de sus movimientos, me hacen olvidar ese zumbido que reina en el lugar. Si ella me hablara estoy seguro de que quedaría fascinado. Si tan sólo me mirara por un instante. Y aunque no lo haga me tiene tan absorto que apenas aprecio cómo los demás van cayendo. Únicamente siento como un aroma a miel y sal me inundan por dentro y algo hace hervir mi interior. Todo da vueltas. ¿Qué será esto que siento? ¿Amor? Sí, debe serlo. Siento que mi corazón va a estallar y no puedo dejar de pensar en ella. Algo me ruge por dentro, un calor me desborda y creo que mi amor quiere salir como una flor que estalla en madurez a cámara rápida. Creo que mi corazón explosiona. Debe ser por ella. No puedo dejar de pensar en estar con ella. Mi corazón arde. Mi interior vibra. Mi amor explota.
¡PLAF!
¡Nenees! ¡El microondas terminó, las palomitas ya están listas!

lunes, 10 de marzo de 2008

Contaminación


Carmen abre el fuego en lo que a los artículos se refiere. El suyo trata un tema que a todos nos afecta y le da un enfoque cuanto menos curioso. A ver qué opináis.






CONTAMINACIÓN SENSORIAL




Se ha hablado mucho de la contaminación ambiental: del agua, del aire, de los alimentos y de tantos otros factores causantes de enfermedades, pero poco o casi nada se habla de otros contaminantes, que si no son mortales de necesidad, dañan nuestro entorno y ofenden nuestros cinco sentidos, o como dicen los invidentes, nuestros seis sentidos.
Nos entran por el olfato y llegan a los pulmones los humos y pestilencias, nos enferman las aguas contaminadas, nos rompen los tímpanos las explosiones, pero también dañan nuestro oído los ruidos del tráfico, los golpes del vecino, los gritos sin venir a qué, y tantos otros ruidos de una bullanguera ciudad, hasta el punto de hacernos padecer un empacho de decibelios. Sin embargo, nada, o casi nada se dice de la contaminación visual. Y si no, ¿qué decir del paisaje formado por botellas, bolsas de plástico, papeles, caquitas de perro y demás monerías tiradas en la calle? Incluso hasta podría hablar de la contaminación del tacto y del gusto: del primero, cuando nos aprietan y achuchan en el autobús, del segundo, por la comida basura.
Pero todavía soportamos otra contaminación más sutil y sin embargo, pérfida, porque nos daña el alma: la pérdida del buen gusto, de la educación, de los buenos modales, de los valores humanos, del sentido del deber y no sólo del derecho.
Afortunadamente, existe una “inmensa minoría”, como dijo el poeta, que intenta rodear su parcela de belleza, pulcritud, trabajo, buen hacer, compañerismo y todas esas cosas que parecen antiguas y pasadas de moda. Existe esa gran muchedumbre de gente buena, lo que pasa es que, si en un estadio donde gritan desaforadamente varios miles de personas insultando al árbitro y un centenar lo aplauden… ¿A cuáles se oye? Si millones de personas babean ante la televisión basura… ¿A quiénes se escucha? Pues está clarísimo. Se escucha a Su Majestad la Audiencia, que es la que da dinero indirectamente.
Si al menos los escritores, o los que aspiramos a serlo, pudiéramos intentar que este mundo sea más bello y más bueno, valdrá la pena ser poeta o escritor de cuentos.Por eso, mi lema es el de la bendición de los indios navajos: “Que camines rodeado de belleza”.


M Carmen Guzmán

domingo, 9 de marzo de 2008

VI Concurso de mini cuento Fantástico de miNatura 2008

Ricardo Acevedo dirige la magnífica revista miNatura que ahora convoca su VI concurso de mini cuento Fantástico. Tengo el honor de formar parte del jurado y aprovecho para animaros a que participéis.
La Revista digital miNatura convoca al VI Concurso de mini cuento Fantástico
miNatura 2008.

BASES DEL CONCURSO
1. Podrán concursar todos los interesados, sin límite de edad, posean o no libros
publicados dentro del género.
2. La longitud de los textos será de hasta un máximo de 25 líneas a doble espacios en
A4, Tipografía Time New Roman o Arial, puntaje 12.
3. Las obras, escritas en castellano, reflejarán temáticas del género fantástico, ciencia
ficción y/o terror, y no deben haber sido publicadas con anterioridad (impresa o
digitalmente). Se admiten hasta dos obras por autor.
4. No se aceptaran seudónimos.
5. Deberán entregarse únicamente por vía e-mail a: minaturacu{arroba]yahoo.es (
minaturacu@yahoo.es ) y decir en el Asunto: “Concurso miNatura” (no se abrirán los
trabajos recibidos con otro asunto).
6. En el correo deberán incluirse dos adjuntos: uno con el o los cuentos participantes
(pueden enviarse en un mismo documento) y en el otro deben aparecer los siguientes
datos: nombre y apellidos, edad, nacionalidad, profesión, dirección particular, e-mail y
un breve currículum literario en caso de poseerlo.
7. Se otorgará un único premio por el jurado consistentes en la publicación de la obra
ganadora en nuestro revista digital, diploma, y una memoria flash de 1GB (que serán
enviados vía postal a la dirección de correo que facilite el ganador). Así mismo se
otorgarán las menciones que el jurado estime convenientes que serán igualmente
publicadas en el número especial de la revista miNatura dedicado al concurso (si alguno
de los autores distinguidos en esta selección no deseara que su trabajo quedara
publicado en la revista, deberá comunicarlo en un plazo máximo de 15 días después del
fallo del jurado). Los autores publicados en ningún caso perderán los derechos de autor
sobre sus obras. En ningún caso el premio podrá declararse desierto.
8. El jurado estará integrado por reconocidos investigadores y escritores del género.
9. El veredicto del jurado será inapelable y se dará a conocer el 15 de Julio por correo
electrónico a todos los participantes; así mismo será publicado en diversas y
distinguidas páginas web relacionadas con el género.
10. La participación en el concurso supone la total aceptación de sus bases.
11. El plazo de admisión vence el 1 de junio de 2008.
Ricardo Acevedo Esplugas
Director de la Revista Digital miNatura

Encuentro con el Tiempo Señalado


Nuestro amigo Juanjo me remite este relato y me da las gracias por considerarlo "publicable". Me comenta que le hacía falta algo de ánimo tras su fracaso en algunos concursos a los que se había presentado. Aprovecho este comentario para insistir en la idea de que jamás deberíamos medir nuestra valía como escritores en función de nuestro éxito en certámenes literarios. No digo ni mucho menos que estén amañados, no al menos los pequeños que es donde nos solemos mover quienes empezamos en este mundillo, pero sí hay que considerar que los convocantes de tales concursos no sólo juzgan nuestra forma de escribir, también toman muy en cuenta la temática. Quiero decir, que al juzgar lo escrito, aparte de la calidad que el relato debe poseer, sus gustos personales influyen de manera definitoria a la hora de dar el fallo. ¿Quiero eso decir que lo nuestro no es bueno? Ni mucho menos, simplemente no hemos "acertado" con el gusto del jurado. Ojo, que al decir esto incluyo el Certamen de Letras para Soñar. Tengo el convencimiento de que el relato ganador -La Hacedora de Ruidos- mereció el galardón, pero esto no descalifica ni mucho menos, el resto de relatos presentados. Así que, en resumen, no nos guiemos por los resultados obtenidos en concursos. Pongamos empeño en lo que hacemos -escribir es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración- y comencemos por intentar publicar en las publicaciones electrónicas que hay en la red. Sometamos nuestras historias al juicio de los demás que esta es una oportunidad que hace años no existía. Ahí comprobaremos nuestra valía y además, podremos mejorar.

No me enrollo más. ahí va el relato del bueno de Juanjo. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.




Encuentro con el Tiempo Señalado

Autor.- Juanjo H. D.




El calor dilataba los segundos, y los volvía húmedos y pegajosos. El péndulo del reloj que se hallaba frente a él oscilaba con parsimonia, intentando atravesar aquel tiempo viscoso y pesado. La incomodidad se había transformado en algo muy parecido a un dolor de cabeza durante los sofocantes minutos que llevaba sentado en la pequeña y estrecha silla de madera. De vez en cuando miraba el reloj de bolsillo, pero era por mero reflejo, la enormidad del reloj ante el cuál se encontraba le hacía insoportablemente consciente de la hora exacta y del paso del tiempo. Se sentía torturado por la paradoja del destino ineludible, tan pronto deseando postergar su encuentro, como acelerarlo para acabar de una maldita vez con la ansiedad que le roía los huesos.
Clavó su vista en la esfera del reloj, en el espasmódico movimiento de sus agujas, que se aproximaban de manera inapelable al instante señalado. El segundero, de un vivo escarlata, pareció ralentizarse progresivamente, y con cada sacudida, su estómago se contraía en un latido, mandado emboladas de bilis amarga contra su garganta reseca. El minutero se desplazó con dificultad, emitiendo un crujido oxidado. No pudo soportarlo más, y apartó la vista del reloj. No había gran mejoría. La sala se prolongaba en la distancia, señalando inequívocamente su humana insignificancia. Del techo en penumbra le llegaban los ecos de aleteos cuerudos, demasiado rítmicos para ser naturales.
Volvió a consultar su reloj de bolsillo, provocando un vuelco en su corazón. Alzó la vista al gran reloj de péndulo, para contemplar que el tiempo se le había escurrido como arena entre los dedos. Las tres manecillas estaban fundidas en una, se movían al unísono durante un último y largo segundo. La campana era tan grave y oscura como había sido su forja: de mil armas manchadas de sangre inocente, en un fuego alimentado por corazones suicidas, templada en lágrimas de terror. Los doce repiques rompieron el sonido en roncos gritos de metal herido. Era la hora señalada, y él, el Elegido, se puso en pie con más aplomo del que en verdad tenía.
Tras el reloj ascendían dos hileras de escalones de piedra, por los que descendieron sendas filas de figuras monacales de hábito negro desgarrado. Allí donde se veía piel, era de un gris ceniza; allí donde se veían cabellos o barbas, brillaba un blanco leproso. Las filas parecían no acabar nunca, mientras los monjes formaban hileras ante la silla de madera y el Elegido que se hallaba en pie ante ellos. Pronto los monjes estrecharon el círculo, hasta casi invadir el espacio vital del escogido.
Al cesar el flujo de gente, se abrió un pasillo despejado frente al reloj de péndulo. La portezuela se abrió, y de ella emergió un gigante anciano. Saturno, le vino a la mente al Elegido, al observar un brutal salvajismo en el rostro, más lupino que humano; la desnudez de músculos viejos y de vello canoso; el largo y enmarañado cabello que ocultaba apenas el brillo febril en los ojos. Aquel Saturno se movía en una mezcla absurda de bestialidad y poderosa elegancia, portando en su diestra un báculo acabado en un afilado péndulo. Cada paso hacía arrodillarse una nueva sección de monjes.
El báculo golpeó el suelo frente al Elegido, con un sonido más parecido al repique de una campana. En la sala sólo permanecían en pie el gigante y el hombre que se erguía frente a él. Temblar o parecer débil hubiera sido un gran error.
-Has sido Escogido –tronó la voz del Saturno.
-Eso se me dijo, mas no para qué fui escogido.
-¿Temes lo que contemplas? No mientas.
Tras dudar un segundo, comprobó que sería una tremenda estupidez tratar de engañar al gigante:
-Sí, gran señor, lo temo mucho.
-Vuestra sangre débil siempre ha temido al Tiempo.
-Entonces ¿sois acaso Saturno, padre de Titanes?
-O Cronos, o Padre Tiempo, o el Relojero. Tengo muchos nombres, pocos son justos, ninguno exacto.
-¿Para qué he sido Escogido, oh señor de las eras y los siglos? –al decir estas palabras, el hombre se arrodilló y bajó con humildad la cabeza.
-Deberás volver a tu falsa vigilia, tomar tus pinceles y tus óleos, y realizar un cuadro que el mundo contemple con fascinado horror.
-¿Un cuadro?
-Un retrato que me haga justicia ante los ojos de tus compañeros mortales, que los llene de miedo tanto como mi presencia te asusta a ti. Ahora despierta, y cumple con tu cometido, Francisco José de Goya y Lucientes.

Juanjo H. D.

sábado, 8 de marzo de 2008

Primer Premio del Concurso "Lane Late" de Poesía




Nuestra amiga Carmen Guzmán, ha obtenido un merecidísimo premio a su buen hacer con el verso y ha querido compartirlo con nosotros.


Gracias Carmen.




Primer Premio del Concurso “Lane Late”de Poesía

NARANJA

Imagen de la Tierra, tu dorada corteza
recorto suavemente con lazos espirales
en un inmenso abrazo de aromas vegetales
para llenar el Mundo de paz y de belleza.

Hespérida, naranja, blasón de la riqueza:
tu piel rugosa y fría, fulgor de naranjales,
me recuerda la diáspora de mundos siderales
flotando a la deriva con segura destreza.

Eres humilde y regia, bello pomo de oro;
me ofreces en tu entraña el néctar ambarino
que me envuelve en recuerdos de la infancia que añoro.

Fruta del paraíso, manjar del peregrino,
como el amor te muestras, agridulce. Tesoro
del jardín de los dioses como un beso divino.


M Carmen Guzmán

jueves, 6 de marzo de 2008

Colecciones Inacabadas de Miguel Martín.


El maestro Hitchcock ya jugaba con lo cotidiano para aterrorizarnos, huyendo de los parajes sombríos, los castillos solitarios o las casas encantadas. Y es que no hay nada más terrorífico que aquello con lo que convivimos todos los días. Este el elemento con el que ha jugado Miguel Martín: su relato es sobre un comercial en un habitual día de trabajo. ¿Qué puede salir mal?



COLECCIONES INACABADAS




Americana negra, camisa blanca y corbata impecable. Demasiado calor como para no juguetear con su nudo en busca de algo de oxígeno extra. Dejo el coche aparcado en el silencioso parking del final de la calle y me dirijo al barrio residencial con el maletín de cuero bamboleándose en mi mano. Aunque se encuentra casi en las afueras de la gran ciudad, no cabe duda que se trata de un barrio de gente adinerada. Las casas grandes y los jardines cuidados así lo constatan. Nunca es fácil vender en un barrio como este, siempre es más complicado cuanto más adinerado es el potencial cliente. La gente pobre está ansiosa por gastar su sueldo en productos que creen que les harán más felices, aunque solo sea por un momento. A los ricos eso no les hace falta, viven constantemente en la creencia de su propia felicidad.
Un cartel me saluda a mitad de camino con la siempre ignorada frase de “Propiedad privada. Prohibido el paso”. Apremio la marcha al pasar por una garita de vigilancia vacía y me dirijo a la primera casa en la que veo un coche aparcado en la puerta. Toco el timbre y miro la hora mientras espero respuesta. Son las seis y media de la tarde, el sol comienza a jugar al escondite y la hora de regresar a mi casa se acerca. La puerta se abre dejando ver en el umbral a un señor delgado de barba espesa y gafas de pasta.
-Buenas tardes, caballero- digo sin darle tiempo a que abra la boca. Hace un calor de mil demonios y quiero marcharme a casa. Cuanto antes recite mi oferta, antes me rechazaran y podré volver a mi hogar.- En este maletín traigo lo que usted siempre ha deseado, la colección definitiva a un precio casi de risa. El pago mensual le hará más sencillo…
-¿Una colección?- me interrumpe a media frase con su voz tranquila.-En este barrio somos todos muy coleccionistas-. Sonrío mientras pienso que tal vez me he equivocado con esta zona, quizás no he hecho el viaje en balde y puedo salir de aquí con un par de ventas jugosas. Me deja pasar y me cuelo sonriente en aquella casa tan pulcra.
Todo está perfectamente ordenado, y escucho el zumbido de un bendito aparato de aire acondicionado en alguna habitación cercana.
-Sígame- me dice dirigiéndome por pasillos blanquecinos. Estoy acostumbrado a este tipo de cosas, no es la primera vez que la gente más ociosa me enseña sus colecciones de "mayor valor". El otro día una anciana estuvo más de dos horas mostrándome su apasionante recopilación de figuritas de cristal de Murano. Hay que saber ser paciente si se quiere tener un éxito relativo en el mundo comercial.
-Aquí está mi colección más valiosa.
Me señala el fondo de una habitación, y al principio creo que no se trata más que de una broma de mal gusto. Las moscas y el dulzón hedor a descomposición niegan el pensamiento. Un montón de orejas humanas clavadas con alfileres sobre un mural decoran la pared más alejada. Hay más de cinco hileras. Intento no vomitar. El zumbido del aire acondicionado bulle en mis orejas.
La miro durante un instante, luego la puerta se cierra de golpe. Y pienso que quizás la jornada no llegue a terminar nunca del todo.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Sin Título de Daniel Miñano Valero


A Daniel voy a permitirle que se presente solo, que para eso se basta y se sobra.


Daniel Miñano Valero recela cuando se le pregunta sobre su biografía como la dama a la que se le interroga por la edad. Hasta la fecha, ha sido publicado poco y con escasa repercusión. Podemos hallar algún cuento suyo en la “Antología Oro del Foro Sensibilidades”, de un foro literario latinoamericano; en varios fanzines de la Barcelona más underground, bajo distintos pseudónimos; en la sección “Talentos”, del diario “El País”; en la revista electrónica “miNatura”; como finalista de algún certamen o próximamente en un libro que publicará el Grupo Ajec. Es en sus relatos donde averiguamos datos concretos sobre su persona: nació en 1979, reside en Barcelona -junto al cabaret “El Molino”-, trabajó en un Hospital Psiquiátrico y anda escribiendo un libro donde cuenta un viaje que realizó a Marruecos para traducir diversos textos árabes. En la única entrevista que ha concedido hasta hoy se definía así: “Padezco una delgadez extrema y una altura de vértigo; y aborrezco que insistan en que me parezco a John Lennon o al cantante de los Black Crowes, cuando yo querría emparentarme con la Velvet Underground y los Sex Pistols, o al menos con Tomatito y Camarón grabando ‘La leyenda del Tiempo’...”.


Si podéis leer este texto en una pantalla de ordenador, será porque J.E Álamo habrá decidido transcribir la nota manuscrita que le envié. Desde hace semanas no conecto mi computadora, ni ninguna otra máquina informática.
Cierto día, el cursor de mi ordenador empezó a deslizarse, mientras yo tecleaba unos párrafos de la novela que ya olvidé. En un principio era un movimiento leve, prácticamente desapercibido; sin inquietud dejé de teclear y sostuve el ratón, el cursor se detuvo y respondió a mis órdenes. Pero, cuando continué la escritura, el cursor inició de nuevo su movimiento; dibujó una trayectoria recta, hacia la izquierda de la pantalla, para deslizarse después en un fino ángulo hasta señalar la palabra “no” que yo había escrito pocos minutos atrás. Retiré el ratón con un gesto brusco. Quisiera olvidar aquellos instantes. De nuevo, ahora más rápido, el cursor buscó una palabra dentro de mi narración, hasta señalarla: “te”. Con el corazón quieto y las manos en puños observé lo que siguió; el mensaje que leí prefiero callarlo, su contenido es íntimo y trágico.
He pretendido continuar la escritura de mi novela en una antigua máquina de escribir -que hasta ahora adornaba el recibidor de mi casa-, pero de manera extraña sus teclas también me resultan horribles. Hace unos meses, tuve la suerte de conocer -vía correo electrónico- al escritor J.E Álamo; me sugirió que le escribiera un relato para su blog. Lo ocurrido me resulta más terrible que cualquier ficción que pueda imaginar, así que decidí garabatear estas palabras en un folio, y hacérselas llegar a su domicilio.


Daniel Miñano Valero

martes, 4 de marzo de 2008

El Tombo de Carmen Frontera Quiroga


Carmen Frontera nos honra remitiéndonos un relato fantástico que eriza la piel. Con un ritmo musical en su escritura, atrapa al lector que no tiene más remedio que dejarse arrastrar hacia donde ella nos quiera llevar.
Carmen fue la reciente ganadora del I Certamen de Letras para Soñar con su relato La Hacedora de Ruidos. Este relato también está publicado en Letras para Soñar.



EL TOMBO
CARMEN FRONTERA QUIROGA



Al despertar el día se suaviza el sonido del viento y se oye un gorgojeo de pájaros. De pronto, el rumor del viento se apaga y los pájaros callan porque llega al pueblo una algarabía de gente que llora. Todos pasan ante mi puerta y el último es un mocetón con vaqueros y jersey de cuello alto que ha sustituido a papá y carga su pala al hombro con el mismo porte con que lo hacía papá.
Oí que llamaban Benito al mocetón. Estoy segura que ha venido en mi busca y se va a quedar aquí, conmigo. Papá siempre dice que un hombre pasará ante mí y un día vendrá a buscarme para quedarse siempre a mi lado.
Hacia unos días pasaron cuatro hombres bajo mi ventana. Caminaban raudos y hablaban en voz baja. A través de los cristales rotos y sucios pude entender que en el pueblo se volvería a habilitar el cementerio.
Cuando doblan las campanas el mocetón salta entre los tallos silvestres y retira con su pala rastrojos que recogerá más tarde, cuando la gente se haya ido, cuando los pájaros salgan de su susto, cuando se quede sólo. Pero antes tiene que cesar el repique de campanas y hacerse el silencio sepulcral en el que tan sólo se oye el ritmo de la pala de Benito hincándose en la tierra negra y mostrándosela a la vida, hincándose en la tierra negra y devolviéndola a sus profundidades.
Al pasar delante de la puerta, el mocetón siempre mira hacia mi ventana de cristales rotos. Intuye un secreto y lo intenta desvelar. Yo se lo contaré algún día. Aún es pronto.
Benito nunca hubiese venido a trabajar a este pueblo si no fuera porque su destino era encontrarme a mí. Aquí poca gente se quedó a vivir. La señora Cele con su moño blanco en la nuca y su delantal a pequeños cuadros blancos y negros que decía que ella sembraba flores como lo habían hecho su madre, su abuela y su bisabuela, el señor Humberto con su pipa en la mano y el cincel siempre disponible en su mandil de cuero que trabajaba el mármol como lo había hecho su padre, su abuelo y su bisabuelo, y papá, que manejaba la pala como lo había hecho su padre y como ahora lo hace el mocetón de pantalón vaquero y jersey de cuello alto.
Benito llega por la mañana, tras el primer cortejo y marcha casi a la noche, más tarde que el último cortejo. Durante todo el día hinca la pala en la tierra negra al silencio de los pájaros, al lamento de alguna persona, con la severidad implacable de papá. Cada vez mira con más intriga hacia mi ventana sellada con nidos de moscas y telas de araña. Ya queda menos para que Benito conozca la verdad. Sabe que yo escucho el sonido de su pala, que estoy pendiente de cada uno de sus movimientos, que está cercano nuestro encuentro.
Mamá ya no se esconde en casa, la señora Cele con su moño blanco en la nuca y su delantal a pequeños cuadros blancos y negros, ya no siembra flores, debe de permanecer en la cama desde aquel día, y el señor Humberto con su pipa en la mano y el cincel siempre disponible en su mandil de cuero ya no vende mármol debe de estar tendido a los pies de un ángel sin terminar. Al anochecer, el viento me trae un ramo de flores inodoras que enganchan su tronco de alambre a los marcos astillados de mi ventana.
Hoy es el día. El viento no ha cesado de soplar desde la noche anterior, resopla, ruge. Levanta una turba de tierra, hojas y pájaros descarriados que eleva al cielo.
Los de la primera comitiva han huido despavoridos, los de las siguientes comitivas no han llegado a entrar en el pueblo, se han vuelto a sus lugares de origen al sentir el estruendo y divisar el ciclón del viento. Tan sólo quedó el mocetón que severo extrajo tres paletadas de tierra negra antes de comenzar a caminar ligero, rápido, vertiginoso hasta mi puerta y entrar jadeante en mi casa.
Hoy es el día. Vuelve a ser un día como aquel en que la señora Cele atusándose su moño blanco sobre la nuca y enrollando sus manos con el delantal a pequeños cuadros blancos y negros, dijo que se iría a la cama porque el aire era helado como el aliento de los muertos que no descansan; y el señor Humberto aspirando su pipa y extrayendo el cincel del bolsillo de su mandil de cuero, dijo que correría a su taller porque el mármol era fuego cuando las almas pasean; y mamá corrió con una manta a cubrir a papá, la pala se quedó hundida en la arena.
Al igual que entonces, el ritmo frío y seco con que trabajaban papá o Benito ha sido sustituido por un sonido irregular y desordenado, glacial y crudo. Después, como aquel día, el hielo ha comenzado a resbalar a través del techo y a filtrarse por las grietas de las paredes, y la escarcha endurecida ha tapiado las ventanas de cristales rotos.
Benito ha empezado a descubrir mi imagen. Le cubro con una manta y le abrazo. Le explico que no hay nada que temer. Somos afortunados. Estamos juntos papá y mamá, él y yo.
Se ha vuelto a escuchar un ininterrumpido gorgojeo de pájaros que quieren vivir en paz. Volverán a pasar siglos antes de que otros seres humanos pisen este lugar. En “El Tombo” no nos gustan los vivos.
FIN


domingo, 2 de marzo de 2008

Secuencia. Aparecido en alfa eridiani


Secuencia es un relato que tiene algo de especial ya que fue uno de los primeros relatos que escribí. Ve ahora la luz en el número 9 de la segunda época de alfa eridiani, publicación que ya tuvo la gentileza de publicar en el número 2 también de la segunda época, otros de mis primero escritos: El Legado.
Aprovecho para recomendaros la lectura de alfa eridiani, cuyos contenidos no tienen desperdicio para el aficionado al género:



En Secuencia trato uno de los temas que me apasiona: El Tiempo. Espero que os guste.


SECUENCIA
por J.E. Álamo





Hay personas exageradamente metódicas a las que no les gusta salirse de la rutina diaria, ni aún en las situaciones más extravagantes. Esto a veces puede ser el mejor arma contra el enemigo, y es que en la guerra vale todo. ¿Qué no se lo creen? Pues lean esta estupenda ficción de J. E. Álamo.
Dedico estas líneas a quienes más me han ayudado en mis inicios como escritor: Domingo Santos, Juan José Aroz de Espiral y Raúl Gonzálvez de grupo AJEC. Y como no, mi esposa Silvia y mi hija Sarah.


Abrí el bar como todas las mañanas a las siete y media en punto, cuando los primeros parroquianos asomaban desde la calle, en busca del primer café que les llevaría al trabajo o de la primera copa en el trayecto hacia otros bares, que hay de todo: unos madrugan para trabajar y otros para calmar el demonio que les consume. No acostumbro a juzgar a nadie –si acaso darle un toque al que se está pasando porque no quiero borrachos en el local–, pero aparte de eso creo que cada uno se apañe con su conciencia.
La verdad es que no me puedo quejar de mi clientela, son gentes sencillas y me va bien con ellos: el café, el almuerzo, unas cuantas comidas y para acabar, los cubatas después del trabajo. Lo bastante para vivir, sin alardes, pero con holgura. Además, me gusta, no lo cambiaría por otro aunque me prometiesen el doble de ingresos.
Os cuento todo esto por lo que ha ocurrido. Lo normal es que me juzguéis, así que supongo que cuantos más datos tengáis, mejor.
Repito que abrí el bar como cualquier otra mañana y enseguida entraron los primeros cinco o seis habituales con sus buenos días, unos más escuetos con el sueño aun pegado a las legañas, y otros más alertas, los que estaban levantados desde antes que asomara el sol. Cafés, carajillos y alguna copa de coñac o anís.
Tengo mis costumbres; algunos las llamarían manías, como mi mujer, pero, y eso es lo bueno, en el bar mando yo. El café se sirve en taza pequeña, nunca en vaso; el carajillo en vaso, y los licores en copas. Si alguien lo quiere de otra manera, se va a otro bar. Con cada consumición doy un cenicero, salvo que sea un no fumador, y si encuentro ceniza fuera del cenicero, el individuo no será bienvenido a la siguiente. Mis habituales lo saben, eso y más cosas: no se cambian las sillas de mesa, no se mea sin levantar la tapa (reviso el váter cuando entra alguien nuevo y si está mojada…), no se juega con los palillos ni con las servilletas...
No las llamo manías sino normas de convivencia y sólo obligo a cumplirlas a los que vienen al local. Mi mujer me tiene por maniático, supongo que por eso se ha buscado un amante. Cree que no lo sé, pero claro que lo sé. He tomado medidas. Lo sabréis más adelante.
Charlaba con dos de mis clientes más afines cuando entró el tipo éste. Vestía un traje con el que parecía haber dormido una semana y las ojeras subrayaban unos ojos enrojecidos. No era harapiento, por lo menos no uno de largo trayecto. A pesar de las arrugas, se notaba de buena calidad, igual que el calzado aunque desgastados y con los tacones inclinados por el paso irregular de su dueño. Con todo, iba bien afeitado y olía a limpio; tal vez venía de algún hogar de acogida donde pasaba la noche y había aprovechado para asearse antes de salir.
Los nuevos siempre llaman la atención y si tienen el aspecto del recién llegado, más todavía. Se hizo un silencio espeso roto sólo por el impertinente tintineo de la tragaperras y se enarcó más de una ceja, pero nadie comentó nada. El individuo no se dio cuenta de la curiosidad que despertaba –o le importaba muy poco– porque sin preámbulos ni saludos, se abalanzó sobre la barra.
—Una copa, Andrés. Lo de siempre. —Que supiera mi nombre tenía su explicación: El Bar de Andrés lucía encima de la entrada, pero «lo de siempre» me sorprendió.
—¿Lo de siempre? Lo siento, pero no sé qué es «lo de siempre», quizás se ha confundido de bar —observé; ¿estaría borracho? No era muy común a esas horas, aunque tampoco hubiera sido el primero. Me miró a los ojos, los suyos eran oscuros e inquietos, pero no parecían los de un beodo y tampoco olía a alcohol. Me sonrió con desgana.
—¿Volvemos a empezar? —Asintió con la cabeza para sí mismo—. De acuerdo, quiero una copa de güisqui, ya sé que no tienes Cardhu, así que coge la botella de Chivas que tienes bajo la barra.
—No tengo Cardhu, tengo Chivas y la copa no es barata... —lo dije a pesar de que él lo sabía.
—Vale, Andrés, pagaré los tres euros que me vas a cobrar, ¿de acuerdo?
—La copa cuesta tres euros.
Estuve en un tris de pedirle que se marchara, pero tampoco podía echar a alguien porque supiera cosas sobre el bar que sólo conocían los habituales. Fue entonces cuando se me ocurrió que tal vez había visto al tipo un montón de veces, pero nunca con ese aspecto, que por eso no le reconocía, y porque no era de los que venían todos los días. ¿Era un dominguero? Los domingueros sólo vienen a tomar el aperitivo, por lo general con la familia, y hacen una buena consumición, aunque los críos me ponen nervioso, no paran de corretear, chillar y enredarlo todo. Eso era, un dominguero con problemas. Habría tomado un güisqui algún otro día y sabía dónde guardaba el bueno. Me felicité, sintiéndome hasta cierto punto aliviado, porque el individuo me había puesto nervioso. Tampoco es para tanto, pensé, sírvele el güisqui y termínala.
—Aquí tienes.
Miró la copa y luego a mí, sin tocarla.
—Andrés, sabes bien que no tomo el güisqui en copa.
—Perdona, en vaso largo con dos hielos. —Lo dije sin pensar y cerré la boca; busqué a mi alrededor al otro que había hablado. Mi norma para licores en copa tenía una excepción, el buen güisqui se podía tomar en vaso largo, pero ¿cómo demonios recordaba las costumbres de un tipo que apenas me era familiar?
—¿Ves? Te acuerdas —empujó la copa con un dedo—. Sé bueno y sírveme como me gusta.
Cogí la copa en silencio y vertí su contenido en un vaso largo con dos cubitos de hielo.
Lo has recordado de golpe, eso es todo, me repetía.
Ya, por eso estás nervioso y con ganas de salir disparado ¿verdad? Ése era mi otro yo: el Incordiante, el que disfruta haciendo añicos mis excusas.
Apuró el vaso en menos de lo que se tarda en contarlo y lo dejó encima de la barra con un golpe seco.
—Ponme otro. —Acompañó la frase con un billete de cincuenta—. Sabes cómo, no hace falta que te lo diga, pero puedes no hacerlo.
Lo sabía. ¡Que me aspen, lo sabía! El individuo nunca usaba el mismo vaso. Cogí el primero y lo puse en el fregadero, a continuación tomé un vaso limpio. Me incliné hacia él.
—Aquí está y creo que es suficiente para empezar el día...
—Sí, sí ya sé. Está bien para empezar el día. —Tenía los ojos enrojecidos, más por agotamiento que por el alcohol—. No vengas con lo mismo, Andrés, me aburres. —Volvió a apurar el vaso con la misma celeridad que el primero—. Ya estamos solos, ¿no crees que podrías hacer un pequeño esfuerzo?
—Sí, sí ya sé. Está bien para empezar el día. —Tenía los ojos enrojecidos, más por agotamiento que por el alcohol—. No vengas con lo mismo, Andrés, me aburres. —Volvió a apurar el vaso con la misma celeridad que el primero—. Ya estamos solos, ¿no crees que podrías hacer un pequeño esfuerzo?
Levanté la vista; en efecto, todos se habían marchado. Entonces el Incordiante hizo sonar las alarmas. Aquí pasa algo Andrés, se han ido todos y no sólo lo han hecho sin despedirse, ni siquiera han pagado. No pensaba en el dinero, es que resultaba de lo más extraño; conocía a esa gente desde hacía años y jamás se habían marchado sin pagar, mucho menos sin despedirse.
—Vale, tío —le espeté, con un tono más duro del que era capaz—. Si esto es una broma...
—...no tiene gracia —acabó la frase por mí—. No es ninguna broma, Andrés, no tienes idea de todo lo que ocurre. Nadie se ha marchado sin pagar y sin despedirse como siempre. Ahora hemos entrado otra vez en la secuencia periódica. Has cumplido como un imbécil y aquí volvimos a quedar atrapados. Tú y yo. —Golpeó la barra con el vaso—. Ponme otro. Yo me puedo marchar ni tú tampoco.
Rodeé la barra para asomarme por la puerta. Estaba seguro de encontrármelos a todos afuera, partiéndose de risa; la idea sería de Dionisio, siempre con sus bromitas; esta vez se había pasado.
No pude abrirla, parecía que la hubiesen soldado. Empecé a cabrearme.
—Mira, como broma ha estado bien. Me río, ¡ja, ja, ja! Ahora, más vale que llames a los demás y les digas que desbloqueen la puerta o aquí va a pasar algo gordo.
—No seas estúpido, Andrés, ahora vas a volver a la barra me servirás otro güisqui que yo me tomaré, aunque malditas las ganas que tengo, luego intentarás usar el teléfono.
Joder, pensé, un chiflado. No había leído el periódico ese día aun, pero seguro que el individuo aparecía en primera plana; por eso se habían pirado todos sin decir nada. Sería un loco peligroso de ésos que han cometido un crimen espantoso y luego se van a celebrarlo como si tal cosa. Decidí seguirle la corriente, le serviría el maldito güisqui y desde luego que iba a usar el teléfono.
Me metí tras la barra, procurando mantener la mayor distancia entre los dos; él me miraba de reojo con una media sonrisa.
A estas horas, mis parroquianos debían de haber avisado a la policía.
¿Seguro?, susurró el Incordiante. Lo ignoré. De todas formas, no estaría de más aprovechar lo que el sujeto me había vaticinado.
—Ahora es cuando cojo el teléfono ¿no? —dije en voz alta y firme. Me acerqué al auricular muy despacio, no quería que de pronto saltara sobre mí—. Eso has dicho, ¿verdad? Se supone que ahora hago una llamada.
—No, Andrés, no vas a hacer una llamada. —El tono era cansado y no me miraba. Me detuve; en el fregadero tenía el cuchillo de cortar los limones; siempre y cuando él no tuviese una pistola, me podría defender hasta que llegase la policía... no podía tardar mucho. Seguía convencido de que mis clientes no podían haberme dejado en la estacada.
—No vas a hacer la llamada porque es imposible comunicar con nadie, pero adelante —me invitó con un gesto de la mano—, inténtalo.
No tuvo que repetirlo dos veces; cogí el auricular y me lo puse en la oreja. Nada. No había tono. Joder, me dije, este cabrón ha cortado la línea antes de entrar.
Andrés, estás jodido, me dijo mi querido Incordiante. A ver cómo sales de ésta, chico listo.
Estamos los dos metidos en la mierda, susurré en respuesta, así que menos cachondeo.
Miré al otro, la sonrisa seguía en su rostro.
—Inténtalo ahora con el móvil. Cortar la línea del teléfono, puede ser, pero con el móvil no me puedo meter.
Claro, pensé, el móvil. Me detuve, hay aparatos que distorsionan la señal de un móvil, me lo había contado Miguel, mi cuñado; los usan en los aviones. No iba a caer en la trampa.
—Bueno, ya sé que no lo vas a intentar, así que ponme otro güisqui. De hecho, deja la botella en la barra, tengo que tomarme diez, así que cuanto antes mejor. Por cierto, ahora es cuando piensas que me vendrían bien unas olivas y no te equivocas. —Cerró los ojos—. Pero no las quiero, ¿vale? No pongas las olivas.
Las serví despacio, sin quitarle ojo; ocurría algo muy extraño, había tratado de encender el televisor con el mando a distancia y nada. Lo mismo con la radio. Al mirar a través de la ventana sólo distinguí una bruma lechosa en la que discurrían lentas sombras distorsionadas que parecían ir a cámara lenta. Le acerqué las olivas; eran las rellenas con anchoa, de una buena marca, no sirvo porquerías en el bar.
El hombre parecía a punto de echarse a llorar, pero devoró las olivas como si no hubiera comido en varios días... y se tragó el güisqui de una vez; comenzaba a cabecear, medio borracho. Estuve a punto de retirar la botella pero el Incordiante me detuvo: no seas imbécil, si se emborracha será más fácil de manejar, así que la dejé y me puse a fregar los vasos, no soporto verlos sucios.
—¡Qué jodido eres! —exclamó con voz pastosa—. No cambias la rutina así te ahorquen.
No le contesté, no sabía qué decir, y seguí con los vasos; me aferraba a ellos porque me sentía asustado. ¿Qué demonios ocurría?
—¿No te acuerdas de mí, entonces? Vamos, haz un esfuerzo, siempre quedan restos. Tengo la impresión de que el subconsciente es capaz de escapar al tiempo.
Lo miré de arriba abajo mientras me ponía a barrer; lo cierto es que me resultaba algo familiar... ahora. Bueno, había llegado a la conclusión de que era un dominguero, ¿o no? No, no era uno de ésos, era otra cosa, y además a mí no me gustaba, no me gustaba para nada.
El pensamiento me golpeó como un mazo. Hasta ese instante sólo me ponía nervioso, pero de pronto tuve ganas de darle una buena paliza y sacarlo a la calle de una patada en el trasero.
—Ya vas recordando, ¿eh?, lo veo en tus ojos. Ahora me preguntarás de qué va esto, pero no lo hagas ¿de acuerdo? Te lo contaré de todos modos, no hace falta que me preguntes. —Casi suplicaba. Me encogí de hombros.
—¿De qué va esto? —Estuve a punto de llevarme la mano a la boca. ¿Por qué demonios lo había hecho?
Se pasó la mano por el pelo en un gesto resignado.
—Joder, Andrés, ¿tanto te cuesta? —Suspiró, alargó una mano. Le entregué el vaso con dos hielos, sorprendido; lo había preparado sin darme cuenta—. Nos va mucho en el envite, Andrés, a los dos. Si no eres capaz de interrumpir la secuencia, y sólo tú puedes hacerlo, esto jamás acabará.
Tampoco le contesté en esa ocasión, era incapaz de pronunciar palabra alguna. Me puse a limpiar la cafetera, lo hacía siempre después de servir los primeros cafés de la mañana; si dejaba que las manchas de café se secasen, luego era mucho más difícil. Empezó a reírse, sin rastro de humor en la carcajada hueca y con acento desesperado.
—Vamos allá —apuró el vaso—. Van siete, no queda mucho. —Le pasé un nuevo vaso, con gesto mecánico, y cogí el sucio para fregarlo.
—¡Maldito seas! —Se abalanzó sobre mí; pensé que saltaría la barra pero rebotó. No puedo explicarlo de otra manera, no fue exactamente un rebote; en un momento saltaba sobre mí como una fiera, al siguiente se encontraba sentado sobre el taburete, sin aliento. Cogí el cuchillo de los limones.
—Deja el cuchillo, maldita sea. No puedo tocarte, no puedo hacer nada que no haya hecho antes. ¿No lo comprendes? Sólo tú puedes romper la secuencia.
Me guardé el cuchillo en el bolsillo del delantal. ¡Menudo chiflado! Empecé a colocar los platos de café con sus sobres de azúcar sobre la barra, como siempre. Metido en la situación más rara de mi vida, seguía haciendo las cosas de costumbre.
—De acuerdo, lo siento ¿vale? No debería haberlo hecho. —Apuró el vaso. Llevaba ocho; si era cierto lo que había dicho, le quedaban dos. Le serví el noveno; que acabase cuanto antes y se largara.
—Gracias. El noveno y cargo un buen pedal. Ahora es cuando te lo cuento todo. Por cierto, ¿por qué no me pones otro platito de olivas?
Me crucé de brazos y me apoyé sobre la barra a una distancia prudencial.
—No hay olivas, claro —suspiró—. No sé cuánto hace que empezó, perdí la cuenta, aunque de cierta manera para ti fue en el momento cuando entré por la puerta. He venido a hablar contigo sobre Maite.
Di un respingo; Maite es mi mujer, si ese individuo le había hecho algo...
—Maite está bien, no te preocupes...
—Si le has hecho algo a mi mujer... —le espeté, como si no hubiera hablado.
—...me matarás.
—...te mataré. —No me gustaba su manera de anticiparse a lo que iba a decir.
—Tu mujer y yo somos amantes.
No me sorprendió, lo sabía. No me refiero a que supiera que ella tenía un amante, lo sospechaba hacía tiempo; quiero decir que en el momento en que pronunció las palabras supe que era cierto, que ese bebedor de güisqui se ocupaba de ella mientras yo trabajaba en el bar.
Yo quiero a mi mujer, la quiero de verdad, sé que no le dedico el tiempo que debiera y había aceptado de una manera inconsciente el hecho de que tuviera un amante; sin embargo no lo había asimilado hasta que él lo dijo en voz alta. Sentí que lo odiaba con todas mis fuerzas.
—¿Por qué me...?
—¿Por qué te lo cuento? Porque no tengo más opciones que hacerlo. Venía a conocerte, a contarte lo mío con ella; a ella le faltó valor.
Yo tenía la mano en el bolsillo, acariciaba el mango del cuchillo.
—Quiere el divorcio, nos queremos de verdad, no es una simple aventura, pero ha ocurrido algo.
Paladeaba la idea de rebanarle el cuello para que se callase.
—¿Qué sabes de los números periódicos?
Me dejó boquiabierto. ¿A qué demonios venía el cuento ahora?
—¿De qué te estoy hablando?
—¿De qué me estás hablando? —Limpié una mancha de café de la barra.
—Te hablo de unos números que son el resultado de una división y cuyo resultado nunca es exacto; entonces se repite la misma secuencia hasta el infinito. No soy matemático, pero es así, más o menos.
Bebió el noveno vaso y esperó a que le pusiera uno limpio. No pensaba hacerlo.
—El décimo y último, el que me sirves en el vaso usado.
—Oye, ¿por qué no te largas? Estás chiflado ¿sabes? No me creo que andes con Maite...
—Tiene una mancha con forma de luna creciente en la ingle. La llama su luna mora. —Lo soltó de sopetón y noté que se esforzaba por cerrar la boca y no decir nada.
Lo de la luna mora era cierto, sólo si la ves desnuda.
—Volvamos a los números, Andrés. Si divides uno en tres, el resultado es un número periódico, 0,3333333333 y así hasta el infinito.
Asentí sin pensar. ¡Dios como odiaba al tipo!
—Ahora si le añades o restas una unidad al divisor, consigues un resultado redondo. Pongamos un uno por ejemplo: súmale uno al divisor y tendremos uno en cuatro igual a cero coma veinticinco. Réstale uno al divisor, y será uno en dos igual a cero coma cinco. ¿Lo entiendes? Consigues un resultado exacto. ¿Me sigues?
Volví a asentir; no era difícil de entender aunque no sabía a dónde quería llegar.
—Bien, pues el tiempo es un valor numérico, un número al que llamaremos Uno y es el dividendo universal. ¿Cuál es el divisor? El movimiento. Cada uno de nuestros actos actúa como divisor del tiempo. Así cobra sentido, que en realidad no es que más que una carretera a la que los viajeros damos sentido. En muchas ocasiones provocamos la aparición de un continuo temporal periódico, es decir un bucle que no tiene fin. —Me miró, las cejas levantadas—. ¿Ahora puedes recordarlo?
No podía asegurar que lo recordara; era otra la sensación, era más bien destapar vivencias.
—Sigue, no sé de qué vas, pero sigue.
Apenas le quedaba un culo de líquido en el vaso. Jugueteaba con él sin apurarlo.
—Hasta donde puedo entender, la aparición de los bucles no es un hecho raro, y cuando ocurre, la secuencia temporal se repite sólo hasta que se añade esa cantidad al divisor que produce un resultado redondo. Entonces la secuencia se cierra y el tiempo regresa a su estado inicial, y espera la siguiente acción. Lo que siempre modifica el tiempo es el movimiento, porque el tiempo es invariable, aunque muchos creen lo contrario. He pensado mucho en todo eso, aun así hay cosas que me vienen a la cabeza como si... —se detuvo y se pasó la mano por la boca—. No sé explicarlo, pero eso es lo que hay.
Parecía recitar un parlamento repetido hasta la saciedad.
—Cuando entré aquí la primera vez, tú iniciaste un continuo periódico, un bucle, y quedé atrapado contigo. En circunstancias normales, sólo habría que añadir esa mínima cantidad para romper la secuencia. El problema es que eres tan metódico que repites una y otra vez los mismos movimientos. Ni la más pequeña variación. Mira, ahora sientes picazón en el brazo. Bastaría con que no te rascases para que interrumpir este infierno... —Me miró ansioso. Por supuesto, me rasqué. Agachó la cabeza, abatido—. Andrés, joder, estamos metidos en un follón que sólo tú puedes acabar. No queda mucho. Mira, ahora me levantaré y me marcharé. Basta con que no te despidas con la mano ¿vale? No me digas adiós.
Casi me daba lástima. Se levantó tambaleante tras apurar el resto del vaso.
—¿Por qué no rompes tú la secuencia?
Se detuvo; era lógico, esperaba la pregunta.
—No puedo hacerlo, Andrés, es tu secuencia. Apenas soy un pasajero cautivo, aquí contigo. Estoy condenado a repetir mi visita una y otra vez hasta que cambies algo. Tú también lo estás. ¿No quieres recuperar tu vida?
—Sí —repuse con lentitud—, claro que quiero. —Algo pugnaba por hacerse oír desde el fondo de mi mente. No era el Incordiante, ése llevaba un buen rato calladito.
—Entonces no te despidas, bastará con eso. —Se levantó, caminó hacia la puerta. Podía ver que la bruma aclaraba y que los contornos de las sombras adquirían definición—. Los dos quedaremos libres, Andrés, acabemos de una buena vez. —Tenía la mano sobre el tirador.
Observé su aspecto desaliñado. ¿Cuánto tiempo llevábamos en esto? Entonces caí en la cuenta. ¡No era una cuestión que nos afectara a los dos de la misma forma! En realidad el tiempo sí transcurría para mí, a velocidad normal, por decir. ¡El individuo estaba mintiendo! Yo no estaba atrapado, él sí. De alguna manera, el tiempo volaba para él, por eso se veía tan mal. Todo él, ropa incluida, se desgastaba... no envejecía sino que se deterioraba. Yo, sin embargo, me mantenía en perfecto estado. Claro que no me seducía seguir con esto para siempre; había que terminarlo de algún modo. Lo que tenía que hacer era...
—Adiós, que tengas un buen día —y agité la mano, como siempre.
Todo comenzó a desvanecerse mientras él gritaba, derrumbándose. Ya he dicho que amo a mi mujer; quiero recuperarla y a mi vida, lo único que tengo que hacer es esperar. Un hombre no sobrevive mucho con un plato de olivas al día y diez güisquis ¿verdad?
Abrí el bar como todas las mañanas a las siete y media en punto...
© J.E. Álamo