
Creo que al expresar la más profunda de las decepciones ante los resultados de la Cumbre de Copenhague, no hago más que compartir sentimientos de frustración, impotencia y rabia con una inmensa mayoría de los habitantes de esta Tierra, que quizás no nos pertenezca como dice uno, pero que desde luego estamos empeñados en joder (disculpen ustedes mi lenguaje). Si los defensores de Gaia, que afirman que el planeta es una entidad autoreguladora que busca su equilibrio, tienen razón, nos van a sacar a patadas del mapa y acabaremos siendo sustituidos por las cucarachas, ratas, escorpiones o cualquier otro ser vivo con más sensatez que la nuestra.
Estoy jodido (vuelvan a disculpar mi lenguaje, pero es lo que hay ahora mismo) y mucho. Tengo una hija de siete años a la que durante estos días, he intentado explicar qué era esto del cambio climático, sus consecuencias y lo que podíamos hacer para evitarlo. Y ha tomado nota: gastar menos agua, echar el papel y el cartón en una bolsa aparte, aprovechar mejor las cosas para que duren más, ir andando a los sitios en lugar de coger el coche, usar el autobús, el metro etc. También le expliqué usando un lenguaje sencillo, qué había que hacer a nivel mundial y entendió bastante bien lo de limitar los "humos" para evitar que hicieran de "manta". Así que ahora, cuando me oye despotricar viendo las noticias sobre el fracaso del cumbre, me ha preguntado qué ocurría y le he explicado que un rebaño de idiotas ha sido incapaz de alcanzar un acuerdo por cuestiones de dinero.
-¿Y por qué no van otros?
-Porque a esos son los que hemos elegido para el trabajo.
-¿Por qué los hemos elegidos?
Y lo cierto es que le iba a contestar que era difícil de explicar, que no lo entendería, pero al final he decidido que merecía una respuesta sincera:
-Porque también somos unos idiotas, hija mía. Tan idiotas como ellos.
Y joder, así es como me siento, como un maldito idiota.