martes, 26 de febrero de 2008

El Reloj de Madre Cristina




Aquí tenemos un escalofriante relato de María del Carmen Guzmán. ¡Mejor no lo leáis a la luz de una vela!







Semifinalista en el IV Concurso Grupobúho
Madrid 2007

EL RELOJ DE MADRE CRISTINA



No puedo soportar el tic tac de un reloj. Me crispa los nervios. Desde niña me inspiran un miedo irracional, o quizás no tan irracional, pues tan siniestro y molesto ruido forma parte del conjunto de elementos de una película de terror. Ese reloj de pared cuyo gong interrumpe el silencio de la vieja casona, ese péndulo metálico que suena sobre la repisa de mármol de una chimenea…pero sobre todo, ese modesto reloj despertador que siempre reposa en tu mesilla de noche y no necesita el ring que ha de despertarte, pues sólo el tic tac retumbando sobre la madera no te deja dormir.
Pero mi fobia, como casi todas las fobias, viene de la infancia. Una vecina nuestra contó una de esas historias que se escuchan en las noches de invierno mientras los leños chisporrotean en la chimenea, a la luz de unas velas porque se fue la luz, no hay televisión y nadie quiere irse a la cama. La historia trataba sobre una monja, Madre Cristina, que tenía uno de esos relojes despertadores, parado y sin cuerda.






La monja, madre superiora de un convento de clausura, era una ferviente cumplidora de las reglas monásticas, y con mano dura, hacía cumplir con rigor de priora las obligaciones monjiles. Para ello, y con ánimo de atemorizar a las pobres monjitas para hacerlas caminar por el buen sendero, dejó escrito en la pared del refectorio, y con letras bien grandes:



“HERMANAS, SED CAUTAS Y VIGILAD, PORQUE EL DEMONIO, NUESTRO ENEMIGO, ANDA A NUESTRO ALREDEDOR BUSCANDO A QUIÉN DEVORAR.






“Y debajo, con letras más pequeñas:
“Cuando yo muera, y a fin de que nuestra sagrada regla se cumpla a rajatabla, en cualquier momento o lugar sonará el tic tac de mi reloj para avisaros de vuestros pecados y os arrepintáis de ellos. Amén.”
Ni que decir tiene que las pobres y humildes mujeres cumplieron a rajatabla los mandatos y el reloj no sonó en mucho tiempo. El momento de pasar al otro mundo le llegó por fin a la priora. Nadie, por si acaso, volvió a intentar componer o a darle cuerda al reloj de Madre Cristina, pero eso sí, permaneció como una reliquia encima del viejo aparador del refectorio. La nueva priora, Sor María, una mujer joven, moderna e inteligente, dijo que aquello del reloj eran paparruchas, y que lo que tenían que hacer es el viejo dicho “ora et labora”, y así, el demonio no tendría ocasión de molestarlas con sus insidias.
Pero un día sonó, y muy fuerte. Sonó en la pared de una monjita joven y guapa cuyo pensamiento voló un poco por las nubes de la fantasía erótica. En eso estaba la monjita, cuando a través de los gruesos muros de la celda escuchó alto y fuerte el tictac del reloj de la monja muerta al tiempo que de la pared de su celda salía un cerdo negro y gordo; el gorrino atravesó la habitación y pasó a través de la puerta mientras dejaba tras de sí un sospechoso olor a azufre. Y gritó, no lo pudo evitar, y a su alarido acudieron las monjas en camisón. La madre priora tranquilizó a la joven y mandó a las demás monjas a dormir, pero antes de recogerse, y por curiosidad, entró en el refectorio, que se encontraba en el otro extremo del claustro, demasiado lejos para que la joven monja hubiera podido oír sus tic tacs. El reloj seguía allí, sobre el aparador, y el cerdo, por supuesto, no apareció por lugar alguno del convento, mucho más extraño puesto que en aquel recinto sagrado sólo había gallinas y un gato, hembra, no faltaba más.
Sor María tomó el reloj en su mano y pudo comprobar que éste seguía sin cuerda, parado. Pensó “Sugestiones de histérica. No le demos importancia”, y se fue a dormir. Pero el caso se repitió, y no una, sino muchas veces, y siempre, por muy lejos que estuviera el reloj del sitio donde se oyó el tic tac, éste sonaba alto y claro, traspasando muros, techos y suelos. También volvieron a aparecer más cerdos, machos cabríos y alguna que otra comadreja.
Harta ya de tanto alboroto en un convento donde debería reinar la paz y el silencio, Sor María tomó una decisión: tiró el reloj al contenedor de desperdicios, pero eso sí, se preocupó de que la bolsa estuviera bien cerrada, y de que sus propios ojos vieran cómo se la llevaba el camión de la basura. Sor María, entonces, aliviada, sacudió sus blancas manos, se santiguó y se fue tranquila a su despacho.
Pero el reloj volvió a sonar. Y no dejó de hacerlo hasta que vino al convento un enviado papal, un exorcista que limpió el convento de las maquinaciones del maligno y Sus apestosos animales, y a la monjita guapa le aconsejó que dejara los hábitos y se casara…




En esta parte del relato volvió la luz y con ella, la televisión, pero se fue la magia. La vecina se marchó a su casa, pues se había hecho tarde y mis hermanos y yo, aunque a regañadientes, nos fuimos a la cama, aunque ninguno pudimos dormir. Los relojes despertadores, y hasta el reloj de cuco al que mi padre daba cuerda cada noche, nos recordaban el malévolo tic tac del reloj de Madre Cristina.
Al cabo de uno años, la vecina murió, y cuando fuimos al velatorio, como era costumbre entonces, en su casa, en medio de las velas y el silencio respetuoso en estos casos, un fuerte tic tac retumbó en toda la casa, atravesando muros.
Familiares, deudos y amigos recorrimos la casa buscando el reloj, pero por más que recorrimos habitaciones, abrimos baúles y armarios…el reloj no apareció por parte alguna.

María del Carmen Guzmán

2 comentarios:

Monelle dijo...

Ha sido como adentrarse en esas leyendas que nos remueven los miedos más ocultos. Siempre me asustaron los conventos, bueno las monjas en sí, tal vez por que las sufrí de muy pequeña y no fue una experiencia muy agradable. Felicidades Mari Carmen, siempre me hacen disfrutar tus cuentos.
Carmen

Anónimo dijo...

Graaaacias, amiga. Me voy, que está sonando el reloj...
M Carmen Guzmán