jueves, 11 de septiembre de 2008

El Contrato de Gustavo A. Rives


El tema no es nuevo, pero la prosa cruda y cercana del amigo Gus, impacta con fuerza en el lector.

Para leer de día y en un lugar sin sombras.




29 may. 08. Gustavo A. Rives
El contrato.
Salada y pegajosa resbaló juguetona, cosquilleando por su moflete enrojecido. El corazón le latía a mil por hora, igual que la vena que le sobresalía del cuello y por la que se paseaba, descarada, otra gota de sudor. Era una buena persona, se solía decir a sí mismo. Afable, nunca decía una palabra más alta que otra. Una imagen que no correspondía con la actual, cejas enarcadas, desafiantes, respiración jadeante. Su talante cotidiano, siempre de apertura, dispuesto a escuchar, contrastaba con la tensión de sus rasgos. De la silueta que ahora dibujaba su sombra contra la pared, destacaba la forma de la pistola que se adivinaba en sus manos. Apuntando de forma trémula pero amenazante a aquel individuo, iba tomando conciencia de lo absurdo de esa situación. De lo estúpido de su actitud.
Por unos instantes recordó a las decenas de feligreses que habían pasado por su confesionario y a los que había ayudado con sus consejos y, en algunos casos, reprimendas. Ello le hacía sentirse seguro en su convencimiento de que era una buena persona. Sentía como se le llenaba el corazón de gozo cada vez que veía la felicidad en los ojos y las sonrisas de todas esas personas a las que había guiado. Recordó a esos chicos que había sacado de las drogas, las calles y las malas influencias. Cada vez que acogía a una madre soltera en su seno y la ayudaba a salir adelante, sentía que su misión en esta vida iba tomando forma y que necesitaba más tiempo para seguir desempeñándola. Y esto último es lo que le hizo apretar el gatillo. Buscaba un milagro que impidiera que aquel individuo se llevara todo por lo que había luchado.
Al mismo ritmo que golpeaba el corazón contra su pecho, resplandecieron desesperadas todas las balas que había en el cargador, y como centellas en una tormenta de locura y muerte, iluminaron el sencillo y humilde despacho en la vicaría del padre Alberto. Todo se iluminó por unos segundos, menos la cara de aquel individuo, cuya oscuridad parecía devorar toda luz. Todo quedó cubierto de sangre y la respiración alocada se volvió más dócil. Sedado por el torrente de adrenalina que inundaba sus sentidos, terminó por fin de convencerse de lo estúpido que había sido, de lo tarde que era. Mientras observaba como el flujo sanguíneo asomaba como una fuente desde varios puntos del cuerpo, volvió a repasar las imágenes de sus feligreses. De los más jóvenes. De los niños. De las niñas. De sus cuerpos desnudos y de cómo necesitaba purificarlos con besos y caricias con el fin de prepararlos para el duro camino que les esperaba. Mientras iba sintiendo un calor extraño al principio, un frío invasor después, la sangre iba cubriendo todo el suelo de la estancia y el individuo avanzaba, inexorable hacía él, ya de rodillas, mirando al infinito.
Qué absurdos sus actos, qué estúpida idea, esperar un milagro y dispararle, sabiendo en el fondo que no podría abatirle. No sólo no ocurrió ese milagro, sino que las balas impactaron todas en el padre Alberto, como fruto de la más macabra de las casualidades. Una niebla se iba apoderando de su visión mientras su cuerpo ya sin fuerzas se posaba lentamente sobre el suelo. Había comprendido ya, se había rendido ante aquella oscura fuerza que dominaba hasta a las mismas casualidades, a la que había disparado inútilmente y que había vuelto sus balas y desesperación contra su mismo cuerpo. Negra sombra erguida, aquel individuo que avanzaba por la estancia hacia él y que había conocido ya muchos años atrás. Recordó esa necesidad de ayudar a los demás que le brotaba junto con su juventud. Recordó sentirse impotente ante tantos necesitados y recordó justo el momento en el que pensó que pagaría lo que fuera por ser capaz salvarlos a todos. Y ahora lo estaba pagando.
Apenas rememoró la breve conversación que tuvo con el individuo años atrás, a partir de la cual fue capaz de subyugar las voluntades de todo aquel que deseaba. Sólo tenía que hablar con quien quisiera y la persona hacía todo lo que el padre le pedía. Un poder más que suficiente para encaminarlos hacia la buena senda. ¿Cuándo la salvación se convirtió en autosatisfacción?. Saciaba todos sus deseos. No importaba la edad ni el sexo. Ya no recordaba cuándo fueron más importantes sus apetitos que sus feligreses.
Y mientras se apagaba perdiéndose en recuerdos aberrantes, el individuo se agachó sobre él. Le cogió la mano empapada en sangre y apretó el pulgar contra un viejo papel, cuya firma, también en color sangre, rezaba: Alberto Sánchez Sangil. Después hundió su brazo en el cuerpo del padre Alberto, como buscando algo. Y al sacarlo, en su mano se revolvía como una víbora, una oscura silueta que se negaba a ser separada de ese cuerpo. Con un gesto violento, como un latigazo, arrancó finalmente la sombra convulsionante, ahora más parecida a una persona, pero sin color. Y en silencio fueron desapareciendo los dos entes, fundiéndose poco a poco con las sombras de la estancia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué bueno! Es cierto lo que dice J.E., el tema es tópico, tópico pero el tratamiento es fascinante. Muy bueno Gustavo
Xosé

GuZ dijo...

Gracias!! Jeje tan cierto lo del topico como que se me ocurrio tras ver la peli de Keanu Reeves y Al Pacino esa del abogado y el diablo.
Un saludote.
GuZ.