jueves, 6 de marzo de 2008

Colecciones Inacabadas de Miguel Martín.


El maestro Hitchcock ya jugaba con lo cotidiano para aterrorizarnos, huyendo de los parajes sombríos, los castillos solitarios o las casas encantadas. Y es que no hay nada más terrorífico que aquello con lo que convivimos todos los días. Este el elemento con el que ha jugado Miguel Martín: su relato es sobre un comercial en un habitual día de trabajo. ¿Qué puede salir mal?



COLECCIONES INACABADAS




Americana negra, camisa blanca y corbata impecable. Demasiado calor como para no juguetear con su nudo en busca de algo de oxígeno extra. Dejo el coche aparcado en el silencioso parking del final de la calle y me dirijo al barrio residencial con el maletín de cuero bamboleándose en mi mano. Aunque se encuentra casi en las afueras de la gran ciudad, no cabe duda que se trata de un barrio de gente adinerada. Las casas grandes y los jardines cuidados así lo constatan. Nunca es fácil vender en un barrio como este, siempre es más complicado cuanto más adinerado es el potencial cliente. La gente pobre está ansiosa por gastar su sueldo en productos que creen que les harán más felices, aunque solo sea por un momento. A los ricos eso no les hace falta, viven constantemente en la creencia de su propia felicidad.
Un cartel me saluda a mitad de camino con la siempre ignorada frase de “Propiedad privada. Prohibido el paso”. Apremio la marcha al pasar por una garita de vigilancia vacía y me dirijo a la primera casa en la que veo un coche aparcado en la puerta. Toco el timbre y miro la hora mientras espero respuesta. Son las seis y media de la tarde, el sol comienza a jugar al escondite y la hora de regresar a mi casa se acerca. La puerta se abre dejando ver en el umbral a un señor delgado de barba espesa y gafas de pasta.
-Buenas tardes, caballero- digo sin darle tiempo a que abra la boca. Hace un calor de mil demonios y quiero marcharme a casa. Cuanto antes recite mi oferta, antes me rechazaran y podré volver a mi hogar.- En este maletín traigo lo que usted siempre ha deseado, la colección definitiva a un precio casi de risa. El pago mensual le hará más sencillo…
-¿Una colección?- me interrumpe a media frase con su voz tranquila.-En este barrio somos todos muy coleccionistas-. Sonrío mientras pienso que tal vez me he equivocado con esta zona, quizás no he hecho el viaje en balde y puedo salir de aquí con un par de ventas jugosas. Me deja pasar y me cuelo sonriente en aquella casa tan pulcra.
Todo está perfectamente ordenado, y escucho el zumbido de un bendito aparato de aire acondicionado en alguna habitación cercana.
-Sígame- me dice dirigiéndome por pasillos blanquecinos. Estoy acostumbrado a este tipo de cosas, no es la primera vez que la gente más ociosa me enseña sus colecciones de "mayor valor". El otro día una anciana estuvo más de dos horas mostrándome su apasionante recopilación de figuritas de cristal de Murano. Hay que saber ser paciente si se quiere tener un éxito relativo en el mundo comercial.
-Aquí está mi colección más valiosa.
Me señala el fondo de una habitación, y al principio creo que no se trata más que de una broma de mal gusto. Las moscas y el dulzón hedor a descomposición niegan el pensamiento. Un montón de orejas humanas clavadas con alfileres sobre un mural decoran la pared más alejada. Hay más de cinco hileras. Intento no vomitar. El zumbido del aire acondicionado bulle en mis orejas.
La miro durante un instante, luego la puerta se cierra de golpe. Y pienso que quizás la jornada no llegue a terminar nunca del todo.

3 comentarios:

Monelle dijo...

¡Terrorífico!Nunca se sabe que se esconde tras las puertas de nuestros vecinos.Me gusta la redacción y la puesta en escena de la historia.Saludos.

Anónimo dijo...

Muy bueno. Atrapa y deja un gustillo final...

Anónimo dijo...

Delirante!! Me ha gustado bastante