domingo, 22 de junio de 2008

Fresco


Ando estos días con un buen montón de trabajo. Entre mi labor como jurado del Certamen de miNatura -¡La cantidad de relatos que participan!- mi pelea con Lado Extraño - a veces me desespera- y mis propios asuntos, tanto profesionales como familiares, tengo escaso tiempo para dedicar, a este blog.

Dándole vueltas precisamente al tema del tiempo, os dejo este relato con el que participé en TDL VII y que he recordado a raíz de un comentario de Laura Quijano en el artículo ¡Ya es Oficial! No conseguí ganar, ni siquiera colarme entre los finalistas, pero sí entré con los elegidos para su inclusión en una antología que publicará el año que viene http://www.sedice.com/, organizadora del evento. Os dejo el relato. No es muy largo. Espero que os guste.






Fresco




-No hay pelotas.
-¿Qué nos jugamos?
-Marcarás los dos próximos objetivos-, los demás confirmaron el ofrecimiento. –Pero si fallas, harás la guardia. No podrás pintar.
Se subió los pantalones ajustándolos a la cintura, arremangándose a continuación las mangas de la amplia sudadera. Echó una mirada de desafío a los cuatro rostros que le acompañaban mostrándoles el spray.
-Firmaré dentro: Fresco. Dejaré mi marca. Ganaré.
-¡Ja! ¿Cómo sabremos que has estado dentro y no acurrucado detrás de la valla?
Miró hacia la casa y señaló la ventana del piso de arriba, les saludaría desde allí. Todos quedaron conformes y vieron como se alejaba con paso ligero hacia el caserón. Franqueó la valla sin demasiados problemas y le perdieron de vista. Fijaron las miradas en la ventana del piso superior, preguntándose cuánto tardaría en llegar hasta ella, si es que llegaba.

El jardín estaba lleno de hierbajos que le alcanzaban la cintura, aunque el porche estaba curiosamente limpio, sin tan siquiera algo de polvo que desluciera su imponente paso al portón de madera noble con la aldaba de bronce tendida en silenciosa provocación. Tuvo un miedo repentino, no el simple miedo a invadir una propiedad ajena, estaba acostumbrado a hacerlo, era parte de los retos de su clan. Era un miedo agazapado en las entrañas que le cortaba la respiración. Rezó para que la puerta estuviera cerrada, tenía toda la pinta, entonces volvería con los demás. Tendrían que aceptar que no había habido manera de forzar semejante portón.

Antes dejaré mi firma en la valla, pensó. Sabrán que Fresco ha estado aquí.

Tendió la mano evitando la brillante aldaba y empujó suavemente. La puerta se deslizó hacia dentro sin el menor ruido, tan súbitamente que pareció un truco de magia. Se quedó paralizado, eso no lo esperaba. Pensó en volver de todos modos, pero sabía que los demás lo adivinarían, sabrían que se había rajado. Volvió a ajustarse los pantalones y apretando con fuerza el bote de spray, entró a la suave oscuridad del vestíbulo.
Sus ojos se acostumbraron pronto a la penumbra del interior. La iluminación procedía no sólo de la entrada, también de las ventanas ocultas por cortinajes que aunque espesos, dejaban entrar algo de luz. Parpadeó con fuerza como si le costara distinguir algo hasta que cayó en la cuenta que no era el sentido de la vista el que tenía ofuscado, era el oído. Sintió lo que debía ser estar sordo. Había estado en más de un lugar abandonado y había aprendido a distinguir su sinfonía: El crujido de una madera, el repique de una tubería, el correr escamoteado de una rata. Sin embargo, el silencio allí era tan profundo que tuvo que chasquear los dedos para asegurarse de que nada le ocurría a sus oídos.
Decidió seguir con el plan: Cuanto antes empezara, antes acabaría. Encaminó sus pasos con decisión hacia los escalones que llevaban al piso superior. Las aparatosas zapatillas que calzaba, chirriaron sobre el suelo de madera. El chirrido corrió por toda la casa como un murciélago sobresaltado, chocando contra las paredes, rebotando en los rincones y colándose por todas las grietas y resquicios.
Los relojes se pusieron en marcha: Tic.
Con esfuerzo al principio: Tac.
Cogiendo poco a poco el ritmo: Tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Los oyó al apoyar el pie sobre el segundo escalón. Alzó la cabeza mirando en todas direcciones, no había reloj alguno a la vista. Apretó con decisión el bote y en un impulso subió los escalones de dos en dos tropezando debido a su ímpetu, en los últimos. Consiguió mantener el equilibrio aferrándose a la barandilla, aunque la golpeó con la cadera con un sonido sordo. Los murciélagos sonoros aletearon de nuevo como posesos. Los relojes tomaron fuerza y velocidad y los tic se confundieron con los tac hasta remedar el correr de una locomotora desquiciada.
Notó que le faltaba el aire, una presencia invisible le apabullaba erizándole el cabello con escalofríos cabalgando su columna vertebral. Apretó los dientes resolviendo que no había llegado tan lejos para echar a correr como un crío asustado. Dirigió sus pasos al cuarto en el que calculaba estaba la ventana desde la que saludaría a los demás, pero antes dejaría su firma

Fresco

en la pared del amplio distribuidor del piso superior. El chorreo siseante de la pintura desencadenó un lamento al unísono de relojes quejumbrosos. Sintió que la cabeza le estallaba a causa del penetrante sonido y añoró con desesperación el silencio que le había recibido al entrar. Tuvo fuertes náuseas que le hicieron boquear lanzando gemidos mezclados con salivas ácidas. Olvidó su propósito, sólo quería salir de allí y lo más rápido posible. Bajó los escalones de tres en tres no rompiéndose la cabeza de verdadero milagro. Sentía los miembros cada vez más pesados conforme se acercaba al vestíbulo. Observó con horror, que la gran puerta de la entrada se entornaba lenta, pero inexorablemente. ¡Iba a quedar encerrado! Intentó correr, pero las articulaciones le ardían y todo se volvía borroso a su alrededor. Le abandonaban las fuerzas y soltó el bote incapaz de seguir sujetándolo. Un murmullo, como un canto grave, le llegó desde algún sitio debajo de la casa y presintió que algo se dirigía a su encuentro. Con un esfuerzo sobrehumano, llegó a la puerta consiguiendo traspasarla antes de que se cerrara del todo. Corrió presa del terror que le hizo recobrar algo de fuerzas y saltó la valla como pudo, aunque cayó de bruces al otro lado quedando tendido en el suelo.
No supo si había llegado a perder la conciencia, pero los oyó llegar y abrió los ojos. Le rodeaban, observándole. Sonrió. ¡Demonios! Quizás tuviera que aguantar sus chanzas por no haber alcanzado la ventana, pero le daba igual. Se alegraba de verlos.
Ellos no.
-¿Quién eres?
-¿Dónde está nuestro colega?
-¿Por qué llevas su ropa?
Se levantó con dificultad preguntándoles qué clase de broma le estaban gastando. Tendió la mano buscando su ayuda ¡Se encontraba tan fatigado! Echaron a correr gritando que llamarían a la policía. Apenas les escuchó. La mano tendida ante él era sarmentosa, de venas azuladas y endurecidas. Se palpó el rostro, el cuerpo: las carnes caían flojas, arrugadas. Su pecho se agitó intentando arañar aire que llevar a los pulmones. En vano. Se derrumbó con el corazón reventado de tanto esfuerzo. Nunca oyó la sirena que se aproximaba a toda prisa.

Los relojes ralentizaron su marcha y el silencio fue recogiendo los murciélagos hijos del visitante. Poco a poco la quietud amortajó hasta el último rincón y el silencio se agazapó de nuevo. Aguardando.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, como siempre sorprende y mantiene ese toque de angustia que te hace ser el protagonista sin quererlo.Un vocabulario exquisito y bien escogido.
Roser

Monelle dijo...

Llevaste muy bien la intriga para mantener la expectación y la angustia del lector. Genial.

Carmen

J.E. Alamo dijo...

Gracias a ambas, aunque me preocupa "angustiar" tanto voy a ver si le meto algo de humor al próximo. ;-)

José Angel Muriel dijo...

No, cada relato pide un tono distinto. Está bien así.

Anónimo dijo...

buen relato, bueno el lenguage, bien la trama. sigue chaval no te cortes

Anónimo dijo...

¡Que gran cuento!
Me encantó. Ese lugar mítico: la casa encantada, narrado con una fuerza nueva.
Bravo.

Daniel Miñano