martes, 16 de diciembre de 2008

El ocho de Daniel.


El relato número ocho es de Daniel Miñano. ¡Ya nos vamos acercando a la resolución del certamen!





A Pepa Flores, Enrique Bunbury y Esther: mis chicas del Molino Rojo.

Pequeño Cabaret



Siempre soñó con ser vedette en algún cabaret; pero, debido a su tamaño, nunca la escogían. Media apenas dos palmos; incluso subirse a las aceras de las calles le suponía un pequeño obstáculo.


Vivía en la azotea del Molino. Hacía la colada cada lunes, y colgaba sus diminutas prendas en una de las astas de la fachada. Disponía de todas las comodidades: una olla donde bañarse con agua de lluvia, un pequeño taburete sobre el que comer, una caja de zapatos donde dormir. Tan sólo añoraba una almohada a su medida.


Era tan pequeña, que cuando cayó la guerra, y las bombas derrumbaron Barcelona; ella no sufrió un rasguño. Era de derechas, y celebró en soledad la victoria, alzando un dedal al cielo.


A menudo, espiaba los espectáculos del cabaret. También los secretos entre bambalinas; así, descubrió la relación entre el Psiquiatra Serafín, casado y con tres hijas, y la gran vedette Dorotea.


Averiguó, con mucho tino, que Dorotea no amaba a aquel hombre; nada más era su esclava sexual, porque el Psiquiatra Serafín la hipnotizaba cada viernes por la noche, con su reloj de bolsillo de plata.




Aunque temerosa, la Pequeña se presentó, al fin, en el camerino de Dorotea. Y le desveló los crueles hechos ejecutados por Serafín, cada viernes por la noche.


Dorotea enfureció entonces; y, cuando volvió a recibir al Psiquiatra, le amenazó con presentarse ante su esposa, y hacer pública su relación. Serafín se arrodilló para rogar: “¡No, ten piedad, haré lo que sea por ti!”.


Pero Dorotea, afortunada y generosa, no exigió nada para ella. Así, el jueves 15 de diciembre de 1950, el Psiquiatra se presentó en el escenario del Molino, balanceando el reloj de plata, e hipnotizó al atento público. “Hoy podrán disfrutar”, anunció Serafín, “del Gran espectáculo de la Pequeña Vedette”.


Se abrió el telón: sobre el escenario había un decorado diminuto; fabricado a medida para la especial ocasión. La Pequeña bajó las escalerillas, vestida con tres lentejuelas. El público, hipnotizado y con los ojos velados, contemplaron a una mujer hermosa como era, y colosal como nunca lo fue.


Tras una actuación brillante, todos los presentes aplaudieron a lo largo de una hora y cuarenta y tres minutos. Lanzaron besos y flores. La Pequeña guardó una rosa; se la llevó a la azotea, envuelta en sus brazos. Y la utilizó como almohada.


Daniel Miñano Valero

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Me dejó sin habla esta bellísima historia.
M Carmen Guzmán

Vlad_Temper dijo...

Hermosísimo cuento. Me gustó mucho.

Anónimo dijo...

Bello, tierno, entrañable... Me ha encantado.

Anónimo dijo...

Está bien. Tal vez un poco cursi.

Juan de Madre

Anónimo dijo...

Pues yo no lo encuentro nada cursi, más bien de una delicadeza impresionante.
Mala

Ingenieria dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
GuZ dijo...

Es muy bonito y me gusta el detallito final de la almohada. Felicidades.

GuZ

Micke dijo...

Me ha gustado, un bonito cuento.

Anónimo dijo...

Tierno y bello, muy bonito.

Felicidades

Boro Collós

Anónimo dijo...

Que bonito, si señor,algo triste quizás, pero me ha gustado.
" Gente pequeña, haciendo cosas pequeñas,
en muchos sitios pequeños, consiguen hacer algo grande"(cita anónima)
Fdo: Vacapollo