domingo, 14 de diciembre de 2008

El sexto relato.


Aquí tenemos el sexto de Juan José Hidalgo.



La Tormenta






Se sentía furiosa. Furiosa porque Matías no tenía derecho a estar allí, furiosa porque las palabras del cura no significaban nada para ella. Furiosa porque su abuelo la había abandonado, se había largado con aquel joven de cabello negro y ojos tenebrosos. La había traicionado aquel que prometió estar siempre con ella. Y sobre todo furiosa porque no podía enfadarse con él. Allí, ante el ataúd cerrado y el monótono sacerdote, llena de ira por el abandono, porque tuviese que morir en un país lejano en compañía de un extraño, no podía más que añorar a su abuelo y desear que le contara otro cuento. Porque desde niña había amado los cuentos de su abuelo. Sin darse cuenta, y mientras el sermón se volvía una informe cacofonía gris, comenzó a recordar su cuento favorito, y lo recordó, cruel memoria, con la voz de su abuelo.
Un día el Cuervo, de plumas negras y rostro serio, llegó al hogar de la Serpiente, que conocía todas las lenguas, incluso las de los árboles.
-¿Qué te trae a mi hogar, Cuervo? ¿Qué inquieta a los demonios subterráneos, que los noto moverse bajo mi tripa?
-Se acerca la tormenta. Ya sabes lo que debes hacer.
La serpiente asintió, y partió hacia el bosque. Allí buscó al Oso y le dijo que se acercaba la tormenta.
-No temo a la tormenta –dijo el Oso-, pues sin duda soy más fuerte que ella.
Buscó al Zorro, y le hizo saber que se acercaba la tormenta.
-No tengo miedo alguno –respondió el Zorro-, porque soy más astuto que la tormenta.
Buscó a la Liebre, y le alertó de la tormenta.
-No tengo nada que temer –aseguró la Liebre-, ya que soy más rápida que cualquier tormenta.
Y así buscó a todos los animales, y ninguno escuchó a la Serpiente. Irritada por la pasividad de los animales, volvió a su hogar y habló con el Cuervo:
-Llévame ante la tormenta ahora mismo, que ningún otro animal nos acompañará.
Sin dilación, pues era urgente de veras, la Serpiente se enroscó en las patas del Cuervo, y volaron hasta encontrarse con la mismísima tormenta, en cuyo interior rugían y gritaban los dioses del trueno, el viento y la lluvia. Aterrizaron ante el bosque, a los pies de los poderosos dioses y, alzando la voz en la lengua de los elementos, la Serpiente habló:
-Dioses, detened esa tormenta, no destruyáis el bosque.
Y los dioses rieron, pues la Serpiente era pequeña y débil comparada con ellos.
-¿Por qué habríamos de hacer eso, pequeña Serpiente?
-Porque hay nobles animales aquí dentro. El fuerte Oso, el astuto Zorro, la veloz Liebre y muchos otros, que merecen vivir.
-No merecen nada, ni son tan nobles, pues no han venido a enfrentarse a nosotros. Sólo tú, que no eres tan fuerte como el Oso, tan astuta como el Zorro ni tan veloz como la Liebre. ¿Qué puedes hacer tú, pequeña Serpiente, para enfrentarte a los dioses?
-Da igual lo fuerte, veloz o astuto que sea un animal, la ponzoña de mis colmillos acabaría con cualquiera de ellos. Y con vosotros si fuera necesario.
-Entonces hazlo. Sacrifica a otro animal en nuestro nombre, y perdonaremos al bosque.
-¿Qué animal queréis que sacrifique?
-Sacrifica al Cuervo, que nos ha traicionado avisando de la llegada de la tormenta.
El Cuervo aceptó el mandato de los dioses, y agachó la cabeza, para que la Serpiente pudiera morder su cuello; aquello conmovió a la Serpiente, pero no a los dioses, que tenían helado el corazón. Se acercó al Cuervo, con la boca abierta y los colmillos preparados, y cuando iba a morder su cuello, se dio la vuelta y se mordió la cola. Los dioses se sorprendieron.
-¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué te has sacrificado por aquellos que no te escucharon ni salieron en su propia defensa?
-Porque alguien tenía que hacerlo.
Los dioses sintieron que sus corazones helados se conmovían por primera vez en su eterna existencia y, cogiendo la Serpiente, arrancaron su piel muerta, y debajo de ésta quedó la piel sana y fuerte.
-A partir de este día –dijeron los dioses -, eres inmortal como los dioses, y cuando estés a punto de morir, tu piel cambiará por otra más joven. No destruiremos hoy el bosque, Serpiente, pero recuerda, y que recuerde tu estirpe, un día volveremos, y reclamaremos un nuevo sacrificio en nombre de todas las criaturas.
Cuando se quiso dar cuenta, la iglesia estaba prácticamente vacía. Retazos de frases de condolencia acudían a su mente, mientras se recobraba de unas lágrimas que había prometido no derramar. Se volvió, y allí estaba Matías. Y entonces explotó, se dirigió con grandes zancadas hacia el joven de pelo oscuro y le lanzó toda su rabia en forma de agrias palabras. Cuando el torrente de insultos terminó, y se agotó su llanto, se arrodilló en el suelo y preguntó al Destino, en un susurro, por qué. Matías se quitó las gafas de sol, mostrando enrojecidos y llorosos sus tenebrosos ojos. Se arrodilló junto a ella y, con voz quebrada, dijo:
-Porque él era Serpiente, igual que tú. Igual que yo soy Cuervo. Y se acercaba la tormenta.
Autor: Juan José Hidalgo

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Caramba! Me ha encantado.

Anónimo dijo...

caramba que sorpresa...

ruinaazul dijo...

Simplemente fascinante, tiene una carga de significados increibles. Lo mejor de hasta ahora,sin duda.
Un saludo!

Anónimo dijo...

Buen relato, intenso y muy original

Anónimo dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios, especialmente a Ruinaazul por haberme subido la moral tanto :).

GuZ dijo...

Me ha gustado mucho el tratamiento de los personajes, asi como el desarrollo de la historia hasta su original desenlace, muy bueno. Felicidades!
un saludo,
GuZ.

Micke dijo...

De momento el que más me ha gustado de los seleccionados (sin desmerecer al resto, que la selección es realmente buena).

Victor dijo...

Una fabula preciosa, escrita con talento. Me encanta la elección de un animal con tantas connotaciones negativas como es la serpiente y que sea la que se sacrifique por sus semejantes. Hacen falta mas serpientes en el mundo.