miércoles, 10 de diciembre de 2008

FASE FINAL II Letras para Soñar



Y aquí tenemos el segundo relato seleccionado para esta fase. Su autor: Iago Romero Gómez






Desesperación



Tambores, tambores en un compás de dos por cuatro. El incesante sonido parecía provenir de las paredes. La persistente música macabra continuaba sin cesar y azoraba la cordura de Pablo.
Era una estancia redonda y las paredes hablaban entre ellas mediante ese misterioso código.
Pablo miró a su alrededor. Ni una sola puerta. Sólo unas escaleras de caracol en el centro de la sala. ¿Qué hacer?, no había otro camino. Tenía que subir en busca de una salida al exterior antes de que esas voces lo enloquecieran.
Deslizó suavemente el pie sobre el primer escalón, temeroso. Nada extraño, unas escaleras normales y corrientes.
Comenzó a subir. Llegó exhausto al fin de las escaleras, tenía la sensación de haber recorrido un duradero, tedioso e interminable trayecto.
Tardó… ¿cuánto tiempo le llevó subirlas? No tenía ni idea, pero le pareció haber tardado una eternidad.
Se encontraba ahora en una sala circular. En ella había tres puertas que se abrían y cerraban de golpe, al compás de los tambores.
Debía adentrarse en una de las estancias de las tres que había tras las puertas. En alguna debería de hallarse la salida a la locura en la que se encontraba inmerso.
Miró alrededor y se decantó por la puerta que estaba frente a él. Pablo la miró dubitativo, mientras se abría y cerraba de golpe sonando rítmicamente con los tambores.
Se concentró en el movimiento de la puerta, preparado para saltar a su interior en el momento oportuno. Se balanceó un poco una vez. Tenía miedo, pero era lo único que podía intentar para librarse de aquel delirio que lo acechaba, hambriento. Se balanceó una segunda vez y… de un salto entró.
Veía lo mismo que veía en todas las puertas al abrirse: oscuridad. Miró a los lados. Parecía que todo se despejaba y la claridad se filtró a través de las tinieblas hasta que todo quedó completamente lúcido.
Frente a Pablo, una criatura deforme, llena de inmundicias, estaba devorando algo, algo que aún estaba con vida y jadeaba y pataleaba. Sin duda se trataba de un hombre. Lo estaba devorando vivo. Le desgarraba el estómago a mordiscos mientras el pobre hombre luchaba por soltar un chillido. El curioso ser desprendía un olor nauseabundo.
Pablo, con los ojos como platos, vocalizó un grito ahogado. Tenía ganas de vomitar, pero no podía. Se dio la vuelta y corrió en dirección a la sala de las tres puertas. La puerta de la estancia donde se hallaba estaba abierta. Con una celeridad asombrosa salió de la habitación, con los ojos cerrados para no ver nada de lo que dentro sucedía. Al salir, la puerta se cerró tras de sí con un golpe seco. No se volvió a abrir. Pero las demás puertas seguían batiéndose acompañadas del persistente ritmo fúnebre de los tambores.
Desesperado miró alternativamente las dos puertas que ahora se batían, la de la izquierda y la de la derecha. Exasperado se inclinó por probar suerte en la puerta de la derecha. De nuevo, ágilmente saltó a su interior.
Oscuridad otra vez, que se disipaba despacio. Ya todo iluminado, Pablo vio lo que temía y reprimía de sus pensamientos. No era la salida.
Frente a él una anciana de longeva edad. Su rostro completamente arrugado y ni un solo diente en su boca abierta.
—Acércate Pablo, te diré cómo salir de aquí, —instó la anciana, haciéndole a la vez un ademán con la mano cansada y vieja— no tengas miedo.
Pablo se dio la vuelta, la puerta estaba cerrada.
Pablo se acercó a la anciana con miedo, muy despacio.
—Dígame cómo salir de aquí, se lo suplico—dijo desesperado.
Frente a él, la anciana alzó la cabeza, lo miró a los ojos y le dijo:
—Sólo los justos y honrados merecen la libertad. Y tú has caído demasiado bajo.
La anciana desapareció. Y el chirrío de unas bisagras oxidadas sonó detrás. La puerta estaba abierta.
Pablo estaba llorando, salió a la sala y la música macabra continuaba, no había cesado.
Ahora sólo se batía una puerta. Entró sin pensarlo. Era la salida.

—Chico voy a coger los otros seis mil euros del sobre.
— ¿De qué estás hablando? ¿Dónde estoy?
El hombre le pasó a Pablo un papel. Abajo llevaba dos firmas, la de Pablo y otra que debía de ser la de aquel hombre. Se llamaba Mario.
Pablo leyó. Se había comprometido a pagar seis mil euros por adelantado y otros seis mil después del trance. Al final del impreso, citaba textualmente: “Si el cliente no está en condiciones de pagar después de el trance yo mismo cogeré el dinero”.
Había pagado doce mil euros para consumir unos alucinógenos. Estaba firmado de su puño y letra.
En la cabeza de Pablo aún sonaban los tambores. Cayó del asiento en el que estaba sentado.

—Habitación 717 señorita. Vamos.
El hombre la acompañó por un pasillo largo. Caminaron unos tres minutos y el hombre de bata blanca se detuvo.
—Es aquí—dijo.
Abrió la puerta que se encontraba frente a ellos. En el interior todas las paredes eran blancas y acolchadas. En un rincón se encontraba rezagado el marido de Estela, con la cabeza sobre las rodillas y tapándose los oídos con las manos. Estaba llorando.
Pablo miró a su mujer con desprecio y dijo:
— ¡Lárgate de aquí, lárgate y haz que los tambores paren! Por favor, por favor…

Autor.- Iago Romero Gómez

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente. Más de uno debería leer este relato...
ç
M Carmen Guzmán

Anónimo dijo...

Impresionante. De acuerdo contigo, Carmen, más de uno de esos que creen que "no pasa nada"...
Xosé

Anónimo dijo...

Muy bueno, hasta mitad del relato hubiera jurado que se trataba de la descripción minuciosa de una partida de "doom".

Teresa H. dijo...

Uf, es trepidante... me encanta.

Vlad_Temper dijo...

Una atmósfera cuidada, deprimente y claustrofóbica. :) Muy bien.

Anónimo dijo...

Buen relato.
Aunque, desde aquí, reivindico el uso astuto y erudito de los alucinógenos.

Juan de Madre